(www.laorejadevangogh.com)
Si aquella tarde de verano de 1994 alguien nos hubiera contado hasta dónde llegaría nuestra aventura seguramente el
vértigo nos hubiera impedido continuar.
Sin embargo y afortunadamente, sentados en la playa de Ondarreta de San Sebastián era imposible imaginar lo lejos que
llegaríamos con el grupo de música que acabábamos de formar cuatro amigos de la universidad.
La pasión por la música nos reuniría desde entonces los fines de semana en un local de ensayo que compartíamos con
más amigos, no tanto por un espíritu comunero como por causa de las penurias financieras propias de nuestro estatus de
estudiantes. Con todo, cada sábado terminó por ser una fiesta en la que desmontábamos y volvíamos a montar a nuestro
gusto las canciones favoritas de nuestros grupos preferidos. Con sólo una parte de destreza por cada diez de ilusión,
nuestros primeros pasos en la música nos supieron a gloria y en un plazo de tiempo que seguro que a los vecinos del
bloque dónde ensayábamos les tuvo que resultar eterno, aprendimos a perfeccionar juntos nuestras habilidades con los
instrumentos.
Antes de comenzar a escribir nuestras propias canciones, nuestro repertorio era tan bipolar que en él convivían U2 con
Janis Joplin, Pixies con PJ Harvey y Nirvana con David Bowie. Con semejante desorden uno ya puede imaginarse lo
complicado que nos resulta hoy hablar sobre nuestras influencias…
Pasaron los meses y hasta entonces no había resultado difícil encontrar algún amigo que nos visitara en el local y de paso
se atreviera a colocarse frente al micro para cantar las versiones que preparábamos. Sin embargo, cada vez un poco más
seguros de nosotros mismos, no tardamos en atrevernos con nuestras propias composiciones y con ellas sentíamos por
fin que comenzábamos a tener una personalidad propia. Pronto comprendimos que necesitábamos alguien que,
definitivamente, pusiera voz a nuestra música.
Gracias a un cúmulo de casualidades, Pablo conoció a Amaia y le propuso cantar con nosotros en nuestro grupo. Con una
curiosidad indisimulable y una torpeza masculina elevada a cuatro nos presentamos a Amaia la navidad de 1995. Pronto
condujimos a nuestra futura compañera a un local que antes invitaba a la fuga que al canto. Allí, en una tarde mágica,
decidimos seguir juntos el camino.
Con una legión de seguidores tan grande como el número de amigos que teníamos, anduvimos tocando por todos los
bares habituales de nuestra ciudad. En el legendario Ford Fiesta de Haritz llevábamos de aquí para allá todo lo necesario
para nuestras actuaciones, incluido un amplificador de guitarra que Pablo tardó años en pagar y nosotros horas en romper
al enchufarle un micrófono.
Con una economía deficitaria la única manera que encontramos de sufragar nuestra primera grabación fue pidiendo dinero
en casa para fotocopiar apuntes de la universidad. De esta manera, pronto conseguimos tener una tarjeta de presentación
que nos llevó a participar en multitud de concursos y actividades locales. De todas ellas, lo más significativo y emocionante
para el grupo fue ganar el Concurso Pop Rock de San Sebastián el verano de 1997, esencialmente porque fue la única
meta cierta que nos propusimos jamás.
Tan grande fue la ilusión que creíamos que no había ningún reto más allá. No olvidemos que éramos, como muchos otros,
un grupo de estudiantes para los que la música era, aunque apasionada, tan sólo una afición. Pero de pronto y sin
esperarlo en absoluto sonó el teléfono y desde Sony Music en Madrid nos llamaron contándonos que estaban interesados
en nuestra música. La perplejidad no tardó en convertirse en una risa nerviosa de incredulidad.
Naturalmente, y aunque apenas entendíamos nada, dijimos que sí a todo. La idea de tener un disco grabado con nuestras
canciones, nuestro nombre y nuestra foto era un sueño que ni nos habíamos planteado así que, aunque apenas teníamos
más de cuatro canciones, contamos a la discográfica que nuestro repertorio llegaba a veinticinco. Las escribimos y las
grabamos en un tiempo récord, casi sin darnos cuenta de que juntas formarían parte de nuestro primer disco: Dile al sol.
Se publicó en la primavera de 1998 y desde entonces el nombre de nuestro grupo comenzó a conocerse fuera de nuestra
ciudad. Videoclips, televisión, entrevistas, sesiones de fotos, listas de ventas… Todo, absolutamente todo, era nuevo para
nosotros y apenas dábamos crédito de lo que ocurría. Después llegaron los conciertos y las giras y si algo nos abrumó,
muy por encima de otras experiencias, fue el contacto con la gente y descubrir que lo que hacíamos conseguía emocionar
a las personas que lo escuchaban. Poco a poco se iban escuchando más y más canciones nuestras por la radio e incluso
llegaron los primeros autógrafos.
Las noticias que llegaban eran cada vez mejores y en Sony Music, siempre gracias al impulso inicial de Jennifer Ces,
creyeron que era el momento de que el grupo comenzara a visitar otros países.
No fue hasta setiembre de 2000 que, superada la presión por todo lo que se esperaba de nosotros, vio la luz El viaje de
Copperpot. La compañía discográfica no dejaba de contarnos que estaba siendo todo un hito de ventas pero, aunque
agradables, mucho más que los números nos importaba que La Oreja de Van Gogh no íbamos a ser un grupo de éxito
fugaz.
Mientras intentábamos tomar aire para metabolizar tal cantidad de noticias maravillosas en España empezaron a pedirnos
que volviéramos a México, Argentina y Estados Unidos aunque también conocimos Chile, Colombia, Puerto Rico, Centro
América, Ecuador, Perú, Uruguay… En muy poco tiempo aprendimos más geografía que la que nos enseñaron en el
colegio. Además, las horas juntos, las experiencias y el paso del tiempo por nuestras vidas nos seguían inspirando tanto
que la composición de Lo que te conté mientras te hacías la dormida fue totalmente natural, estimulante y divertida. Se
publicó en 2003 y para entonces el lanzamiento ya nos lo planteaban a escala intercontinental. Estaría disponible al mismo
tiempo en España, en México o en cualquier otro país. Eran dignas de ver nuestras caras de resuelta solvencia cuando el
presidente de Sony Music nos explicaba todo esto. No queríamos que notara cómo tragábamos saliva sintiendo que todo
era alucinantemente grande para nosotros.
Algo que siempre ha sido fundamental para nosotros es guardar siempre una pequeña distancia a la hora de vivir toda esta
aventura. Necesitamos estar cerca de cada cosa buena que le ocurre al grupo para poder disfrutarlo, celebrarlo y sentirnos
satisfechos, pero también es cierto que nos encanta añadir cierto humor a las experiencias que nos permitan comprender
que hay algo de irreal en el trato tan preferente que se nos da cuando va bien las cosas. Esto se traduce en no olvidar que
los premios que recibimos nunca están exentos de cierto marketing, que es poco probable que en determinados
ambientes, antes inaccesibles, nos hayamos vuelto atractivos, que algunas amistades se multipliquen, etc. Hay algo en La
Oreja de Van Gogh que nos recuerda que somos amigos desde hace mucho, que hay que vivir el éxito de grupo sin que
nada pasajero nos confunda sobre qué es lo que merece la pena, que los amigos que nos siguieron desde el principio lo
hacían sin contar con nuestros logros en la música. San Sebastián ha sido siempre el escenario de nuestras vidas y
representa el refugio de conceptos vitales muy importantes para nosotros. No en vano y aunque el grupo tenga una
vocación cada vez más internacional, las personas que lo formamos tenemos aquí nuestra vida.
Ya con diez años de grupo y cerca de treinta en este planeta, todo estaba listo para afrontar la creación de Guapa en 2006.
Mantener el equilibrio entre la identidad del grupo y la innovación nos metió en algún que otro quebradero de cabeza del que
conseguimos salir rompiendo algunas de las canciones que teníamos escritas en pedazos que, reordenados, formarían
otras más interesantes.
Durante el verano de 2007, después de haber estado de gira por medio mundo pero justo antes de empezar con la
composición de nuestro quinto disco, Amaia decidió dejar el grupo con la idea de comenzar una carrera en solitario. La
noticia nos dejó al resto totalmente perplejos y conmovidos. Teníamos muchísimas canciones por escribir y mucha energía
que dar en directo, por eso es lógico que fuera unánime la decisión de continuar adelante. Más que nunca, la amistad nos
ayudó a superar una situación complicada: no permitimos que a ninguno de nosotros le perdiera el desánimo o se dejara
llevar por la nostalgia. Nos cuidamos los cuatro, los unos a los otros y por eso fue posible asumir un reto que en mucho
nos recordaba a los inicios en el local de ensayo.
Ya con A las cinco en el Astoria escrito decidimos retroceder una década en el tiempo y buscar, como ya hicimos antes, a
alguien que pusiera la voz en el grupo. Siempre hemos sido un grupo, una banda, así que, en vez de buscar sencillamente
una cantante, nos empeñamos en encontrar a un quinto miembro de La Oreja de Van Gogh. En el grupo siempre hemos
tomado decisiones a partes iguales y entendíamos que era fundamental para nosotros que quien entrara, al igual que el
resto, fuera una fuente de ideas.
Por un amigo en común y después de conocer a mucha gente, nos pusimos en contacto con Leire y apenas bastó un
instante en nuestro local de ensayo para sentir que la búsqueda había terminado: volvíamos a ser cinco.
El verano de 2008 fue crucial porque convivimos personal y musicalmente en Du Manoir, en Francia, un estudio
legendario para nosotros donde hemos grabado muchas otras veces. De allí salimos con nuestro quinto disco bajo el brazo
y con la sensación de que íbamos a vivir un nuevo comienzo. Casi doce años después, con nuestra pasión intacta, hemos
aprendido algo fascinante: la música trasciende a las personas y no conoce nombres ni apellidos.
Leire, Pablo, Álvaro, Haritz y Xabi
La oreja de Van Gogh

